domingo, 21 de enero de 2018

La siesta del martes. Un cuento de Gabriel García Márquez referenciado por Sarah Hirschman en su libro "Gente y cuentos".

El tren salió del trepidante corredor de rocas bermejas, penetró en las plantaciones de banano, simétricas e interminables, y el aire se hizo húmedo y no se volvió a sentir la brisa del mar. Una humareda sofocante entró por la ventanilla del vagón. En el estrecho camino paralelo a la vía férrea había carretas de bueyes cargadas de racimos verdes. Al otro lado del camino, intempestivos espacios sin sembrar, había ventiladores eléctricos, campamentos de ladrillos rojos y residencias con sillas y mesitas blancas en las terrazas, entre palmeras y rosales polvorientos. Eran las once de la mañana y aún no había empezado el calor.

—Es mejor que subas el vidrio —dijo la mujer—. El pelo se te va a llenar de carbón.

La niña trató de hacerlo pero la persiana estaba bloqueada por óxido.

Eran los únicos pasajeros en el escueto vagón de tercera clase. Como el humo de la locomotora siguió entrando por la ventanilla, la niña abandonó el puesto y puso en su lugar los únicos objetos que llevaban: una bolsa de material plástico con cosas de comer y un ramo de flores envuelto en papel de periódicos. Se sentó en el asiento opuesto, alejada de la ventanilla, de frente a su madre. Ambas guardaban un luto riguroso y pobre.

La niña tenía doce años y era la primera vez que viajaba. La mujer parecía demasiado vieja para ser su madre, a causa de las venas azules en los párpados y del cuerpo pequeño, blando y sin formas, en un traje cortado como una sotana. Viajaba con la columna vertebral firmemente apoyada contra el espaldar del asiento, sosteniendo en el regazo con ambas manos una cartera de charol desconchado. Tenía la serenidad escrupulosa de la gente acostumbrada a la pobreza.

A las doce había empezado el calor. El tren se detuvo diez minutos en una estación sin pueblo para abastecerse de agua. Afuera, en el misterioso silencio de las plantaciones, la sombra tenía un aspecto limpio. Pero el aire estancado dentro del vagón olía a cuero sin curtir. El tren no volvió a acelerar. Se detuvo en dos pueblos iguales, con casas de madera pintadas de colores vivos. La mujer inclinó la cabeza y se hundió en el sopor. La niña se quitó los zapatos. Después fue a los servicios sanitarios a poner en agua el ramo de flores muertas.

Cuando volvió al asiento la madre la esperaba para comer. Le dio un pedazo de queso, medio bollo de maíz y una galleta dulce, y sacó para ella de la bolsa de material plástico una ración igual. Mientras comían, el tren atravesó muy despacio un puente de hierro y pasó de largo por un pueblo igual a los anteriores, sólo que en éste había una multitud en la plaza. Una banda de músicos tocaba una pieza alegre bajo el sol aplastante. Al otro lado del pueblo, en una llanura cuarteada por la aridez, terminaban las plantaciones. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 20 de enero de 2018

Descenso al Maelström. Un cuento de Edgar Allan Poe.

Este texto nos regala toda la fuerza narrativa de Edgar Allan Poe. Una fuerza que nos atrapa como lo hace el gran remolino del que nos hablar el autor.


Descenso al Maelström

Los caminos de Dios en la naturaleza y en la providencia no son como nuestros caminos; y nuestras obras no pueden compararse en modo alguno con la vastedad, la profundidad y la inescrutabilidad de Sus obras, que contienen en sí mismas una profundidad mayor que la del pozo de Demócrito.
Joseph Glanvill

Habíamos alcanzado la cumbre del despeñadero más elevado. Durante algunos minutos, el anciano pareció demasiado fatigado para hablar.

-Hasta no hace mucho tiempo -dijo, por fin- podría haberlo guiado en este ascenso tan bien como el más joven de mis hijos. Pero, hace unos tres años, me ocurrió algo que jamás le ha ocurrido a otro mortal… o, por lo menos, a alguien que haya alcanzado a sobrevivir para contarlo; y las seis horas de terror mortal que soporté me han destrozado el cuerpo y el alma. Usted ha de creerme muy viejo, pero no lo soy. Bastó algo menos de un día para que estos cabellos, negros como el azabache, se volvieran blancos; debilitáronse mis miembros, y tan frágiles quedaron mis nervios, que tiemblo al menor esfuerzo y me asusto de una sombra. ¿Creerá usted que apenas puedo mirar desde este pequeño acantilado sin sentir vértigo?

El «pequeño acantilado», a cuyo borde se había tendido a descansar con tanta negligencia que la parte más pesada de su cuerpo sobresalía del mismo, mientras se cuidaba de una caída apoyando el codo en la resbalosa arista del borde; el «pequeño acantilado», digo, alzábase formando un precipicio de negra roca reluciente, de mil quinientos o mil seiscientos pies, sobre la multitud de despeñaderos situados más abajo. Nada hubiera podido inducirme a tomar posición a menos de seis yardas de aquel borde. A decir verdad, tanto me impresionó la peligrosa postura de mi compañero que caí en tierra cuan largo era, me aferré a los arbustos que me rodeaban y no me atreví siquiera a mirar hacia el cielo, mientras luchaba por rechazar la idea de que la furia de los vientos amenazaba sacudir los cimientos de aquella montaña. Pasó largo rato antes de que pudiera reunir coraje suficiente para sentarme y mirar a la distancia.

-Debe usted curarse de esas fantasías -dijo el guía-, ya que lo he traído para que tenga desde aquí la mejor vista del lugar donde ocurrió el episodio que mencioné antes… y para contarle toda la historia con su escenario presente. CONTINUAR LEYENDO

Lujuria. Un poema de Miguel de Unamuno.

Cuando murmuras con nervio acento
tu cuerpo hermoso que a mi cuerpo toca
y recojo en los besos de tu boca
las abrasadas ondas de tu aliento.
Cuando más que ceñir, romper intenso
una frase de amor que amor provoca
y a mí te estrechas delirante y loca,
todo mi ser estremecido siento.
Ni gloria, ni poder, ni oro, ni fama,
quiero entonces, mujer. Tu eres mi vida,
esta y la otra si hay otra; y solo ansío
gozar tu cuerpo, que a gozar me llama,
¡ver tu carne a mi carne confundida
y oír tu beso respondiendo al mío!…

jueves, 18 de enero de 2018

Experiencias de lectura en Iberoamérica: Buenas prácticas para la formación de lectores, por Cecilia Espinosa, directora de la Fundación SM.

En San Juan La Laguna, Guatemala, hay una biblioteca que inició como un espacio para intentar recuperar la confianza en el otro, en los otros, en los espacios públicos, después de una guerra que los había dejado a todos sin palabras. Se trataba, precisamente, de hacer comunidad hablando, escuchando. Así lo cuenta Yisrael Quic, bibliotecario guatemalteco: “Somos mayas tz’utujiles. La comunidad tiene valores de solidaridad y colaboración, pero durante el conflicto armado estos valores han sido heridos. El conflicto duró 36 años y ha creado una cultura de silencio en la comunidad.”

Hoy, esa biblioteca, la Biblioteca comunitaria Rija’tzuul Na’ooj, ha impulsado la creación de muchas bibliotecas comunitarias más y es un punto de encuentro intergeneracional en el que sus usuarios igual cuentan leyendas populares que tejen con telar de cintura. Albergan un salón de eventos, un centro de negocios y hasta un museo. 

Esta es una de las 12 experiencias de lectura que seleccionó el Comité Académico de la Fundación SM en 2016 para exponer en el Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil, CILELIJ, realizado en la Ciudad de México. Recupero en esta entrada los pósters y las descripciones de esos proyectos cortesía de la Fundación. 

Cada testimonio es alentador y conecta con muchas iniciativas más. La historia de la biblioteca comunitaria en Guatemala me recordó el surgimiento de la Biblioteca Internacional de la Juventud, iniciativa de Jella Lepman, quien al regresar a Alemania después de la Segunda Guerra Mundial, se dio a la tarea de generar un espacio de rehabilitación social con la mayor diversidad de libros posible. También pensé en el testimonio de Irene Vasco quien va a zonas rurales sobrevivientes de la violencia en Colombia para leer o en Sara Benavides quien tiene una sala de lectura en una pequeña comunidad de pescadores en Veracruz, uno de los Estados más afectados por el crimen organizado en México. 

Muchos espacios para leer surgen como respuesta al cierre de otros espacios, a veces simbólicos, otras veces muy concretos: una escuela, un museo, una biblioteca, y de pronto ya está instalada en la sala de una casa, en el zaguán, en la cochera, en un patio trasero un nuevo espacio en el que la vida y los libros se entrecruzan.

[...] Navegar por el complejo universo de la promoción de la lectura en Iberoamérica requiere una brújula, pues año tras año nacen nuevos proyectos y programas. En esta riqueza de propuestas es posible identificar una constante: el mediador como puente entre los libros y los lectores. La mediación tiene un antes y un después del lector: un amplio acervo en propuestas literarias y estéticas, una selección de títulos y una diversidad de temas, una metodología y un ambiente estimulante se combinan para construir este puente.

En Fundación SM creemos que la cultura y la educación –como experiencias estéticas y de aprendizaje–son el camino para garantizar la formación de ciudadanos creativos, autónomos y capaces de situarse críticamente frente a su entorno. Por esta razón, el comité académico del CILELIJ seleccionó algunas de las experiencias de lectura más significativas de Iberoamérica.

Con testimonios, fotografías y diversos materiales, la muestra está conformada por doce proyectos de seis países: Argentina, Brasil, Colombia, España, Guatemala y México. Cada uno de ellos se ha convertido en un referente local e incluso internacional.

Todas las experiencias desarrollan un programa de acompañamiento permanente a través de la lectura, la palabra y la imagen y, sobre todo, buscan vincular al lector con su entorno más cercano: la familia, la escuela y la comunidad en la que se desenvuelven. Algunos de estos proyectos nacieron en bibliotecas y en espacios de arte; otros en hospitales y librerías, y hasta en cementerios.

A partir de estos proyectos queremos compartir con ustedes nuestro compromiso con el presente y el futuro de los niños y jóvenes, pues creemos que todos debemos convertirnos en voceros y voluntarios de prácticas culturales innovadoras y transformadoras de nuestros entornos. CONTINUAR LEYENDO PARA CONOCER LAS DIFERENTES EXPERIENCIAS

CONJURO PARA CONVERTIR EN PRÍNCIPE A UN SAPO. Un poema de María Rosal.

Lo primero y principal
es tener un sapo guapo,
una varita encantada -de hada-
Decir: hale hale hop,
el encanto se acabó.

Y si además te gustara
puedes casarte con él
-ya ves-
Pero recuerda la historia:
falta el beso de la novia.

Y yo que tú no lo haría
porque existen precedentes
de que después de besados
los príncipes tan osados
no saben freír un huevo.

¿Y qué han hecho
de su hada salvadora?
Pues en agradecimiento
la han convertido en señora
de su casa y de su escudo
y cada día menos bruja
y más maruja
limpia la casa y cocina
igual que cualquier vecina.

Mejor no beses el sapo
ni porque sea muy guapo.

domingo, 14 de enero de 2018

Abuelo, en la noche. Un poema de Pablo Antonio Cuadra

Esta es la casa que he perdido
habito en ella en sueños
y no quisiera hablar de ella después que todo ha sido consumado.
Mis hijos han edificado sus casas en Babilonia
y yo atravieso el desierto para pasar veladas con ellos
escuchando afuera, al borde de la puerta impotente
el ruidoso río de automóviles que filtra sus aguas turbias en el umbral.
Hablamos de esto y de lo otro en la apretada salita
como conspiradores bajo el sofocante
y ordenado itinerario de los relojes
porque todos trabajan, duramente,
invirtiendo su vida en el negocio de perderla
y llegan llenos de cifras como los carpinteros de virutas
fatigados de información. Entonces, si yo recuerdo
si fácilmente caigo en las viejas historias
si abro para ellos las puertas de la casa
abren los ojos y me reconfortan con su alegría
-piensan tal vez que es posible el retorno-
porque ellos vivieron, ellos nacieron y se criaron
en la casa que perdimos
en la vieja casa grande junto al río
donde yo vuelvo ahora
donde yo vuelvo siempre
apenas cae un poco de sueño en mis ojos vacíos. ​

jueves, 11 de enero de 2018

Artistas de variedades. Un cuento de Daniel Moyano. Otro cuento referenciado por Sarah Hirschman en su libro "Gente y cuentos".

Cuando llegó a la ciudad, Ismael deseaba muchas cosas. Hasta le hubiera gustado cambiar de rostro. Le costó mucho en los primeros tiempos saber que realmente estaba en la ciudad, y se consideraba todavía un muchacho de un pueblo incipiente que miraba todas las tardes las vías del tren pensando que al final de ese camino inacabable había una ciudad como de vidrio, oscilando bajo el sol y esperándolo generosamente. Allí al fin nada le sería negado, y estar en la ciudad significaría habitar un mundo lleno de posibilidades.

La ciudad tenía un número limitado de maravillas que fueron rápidamente agotadas en la contemplación. Sintió el desencanto de perderlas pero advirtió a la vez, como una esperanza ínfima, que le quedaban los ojos deslumbrables, aptos para verlas otra vez en el caso de que apareciesen.

A los pocos meses de estar en la ciudad sintió sin comprobarlo claramente, que de todo su antiguo mundo de presentimientos solo le quedaban los símbolos. Probó distintas suertes, trabajó en los oficios más diversos, y advirtió que el tiempo transcurrido se le manifestaba en la necesidad acuciante de los menesteres más inverosímiles. A su tristeza natal se sumó otra, histórica, indescifrable. Sentía que no había hallado su camino y quería ser algo, o por lo menos significar algo y demostrarlo. Alguien le había dicho una vez en una pensión que lo único realmente necesario en el mundo era la vocación. La palabra fue un descubrimiento para él. Justamente era lo que él poseía.

Una vez tuvo la sensación de que en la ciudad fabulosa la gente vivía arrastrando cierto cansancio, indiferente a todo acto de maravilla, a todo intento de salvación. Porque únicamente lo maravilloso salvaba del riesgo de afrontar el destino de las ciudades. Le parecía que en la ciudad estaban realmente todas las cosas buenas del mundo pero que no eran para sus habitantes, condenados a verlas solamente y rozarlas apenas en una marcha inacabable que era como un gran círculo doloroso. Las cosas buenas y milagrosas estaban allí para otros, para uno como él por ejemplo, que viniera desde afuera para disfrutarlas interminablemente. Sin embargo, había advertido que desde hacía mucho tiempo, desde que tenía aquellas necesidades acuciantes, él era igual que ellos y que la llegada de un elegido, como en su momento lo había sido él, era ya improbable. De modo que le quedaba, pues, su capacidad de deslumbramiento, sus ojos, y aunque los ídolos estuviesen derrotados él podría vislumbrar un instante prístino y dar el gran salto que lo redimiera. CONTINUAR LEYENDO