martes, 22 de mayo de 2018

Después Un cuento de Guy de Maupassant.

-Queridos -dijo la condesa- hay que ir a acostarse.

Los tres, niños y niñas, se levantaron y fueron a abrazar a su abuela.

Después vinieron a darle las buenas noches al señor cura, que había cenado en el castillo como todos los jueves.

El abad Mauduit sentó a dos sobre sus rodillas, pasando sus largos brazos vestidos de negro por detrás del cuello de los niños y, aproximando sus cabezas con un movimiento paternal, les besó la frente con un beso muy tierno.

Después los volvió a poner en el suelo, y las pequeñas criaturas, el niño delante y las niñas detrás, se fueron.

-¿Le gustan los niños, señor cura? -preguntó la condesa.

-Mucho, señora.

La anciana señora levantó sus ojos claros hacia el sacerdote.

-Y… su soledad, ¿nunca le ha pesado demasiado?

-Sí, a veces.

Él se calló, dudó, y después continuó:

-Pero yo no he nacido para la vida mundana.

-¿Qué sabe usted de eso?

-¡Oh! Lo sé bastante bien. Yo fui creado para ser sacerdote, he seguido mi senda.

La condesa lo observaba continuamente:

-Veamos, señor cura, dígame, dígame, ¿cómo se decidió a renunciar a todo lo que nos hace amar la vida, a todo lo que nos consuela y nos sostiene?. ¿Quién lo ha empujado o inducido a apartarse del gran camino natural, del matrimonio y la familia? Usted no es ni un exaltado, ni un fanático, ni un sombrío, ni un triste. ¿Ha sido algún acontecimiento, una pena, lo que lo ha decidido a pronunciar votos de por vida?

El abad Mauduit se levantó y se aproximó al fuego, después extendió hacia las llamas sus zapatones de sacerdote de pueblo. Parecía siempre dudar a la hora de responder. CONTINUAR LEYENDO

Inscripción sobre un sepulcro. Un poema de Tristan Tzara. Rumanía: 1896-1963

Y sentía tu alma pulcra y triste
como sientes la luna que se desliza calladamente
detrás de los visillos corridos.
Y sentía tu alma pobre y encogida,
como un mendigo, con la mano tendida delante de la puerta,
sin atreverse a llamar y entrar,
y sentía tu alma frágil y humilde
como una lágrima vacilando en el borde de los párpados,
y sentía tu alma ceñida y húmeda por el dolor
como un pañuelo en la mano en el cual gotean lágrimas,
y hoy, cuando mi alma quiere perderse en la noche,
solamente tu recuerdo la detiene
con invisibles dedos de fantasma.

lunes, 21 de mayo de 2018

Intervención de la Tertulia Literaria de la Prisión Araba en el Encuentro de Tertulias Literarias Dialógicas de Lekeitio (2018)

En el Encuentro de Tertulias Literarias Dialógicas de Lekeitio hubo una parte dedicada a la intervención de diferentes entidades para que contaran su experiencia en el campo de la Lectura Compartida.

La Tertulia Literaria de la Prisión también hizo su aportación a través de un escrito realizado por uno de sus componentes y que lleva por título: "COMO PARTICIPANTE EN LA TERTULIA".

El texto se organiza a través de cuatro preguntas que son hechas y contestadas por el autor del mismo.

1ª ¿Qué supone la tertulia para ti?

2ª ¿Cómo se vive la soledad de la prisión?

3ª ¿Qué te ofrece la literatura y los libros en la rutina penitenciaria?

4ª ¿Qué lectura recomendarías?


domingo, 20 de mayo de 2018

El árbol del orgullo. Un cuento de G.K. Chesterton.

Si bajan a la Costa de Berbería, donde se estrecha la última cuña de los bosques entre el desierto y el gran mar sin mareas, oirán una extraña leyenda sobre un santo de los siglos oscuros. Ahí, en el límite crepuscular del continente oscuro, perduran los siglos oscuros. Sólo una vez he visitado esa costa; y aunque está enfrente de la tranquila ciudad italiana donde he vivido muchos años, la insensatez y la trasmigración de la leyenda casi no me asombraron, ante la selva en que retumbaban los leones y el oscuro desierto rojo. Dicen que el ermitaño Securis, viviendo entre árboles, llegó a quererlos como a amigos; pues, aunque eran grandes gigantes de muchos brazos, eran los seres más inocentes y mansos; no devoraban como devoran los leones; abrían los brazos a las aves. Rogó que los soltaran de tiempo en tiempo para que anduvieran como las otras criaturas. Los árboles caminaron con las plegarias de Securis, como antes con el canto de Orfeo. Los hombres del desierto se espantaban viendo a lo lejos el paseo del monje y de su arboleda, como un maestro y sus alumnos. Los árboles tenían esa libertad bajo una estricta disciplina; debían regresar cuando sonara la campana del ermitaño y no imitar de los animales sino el movimiento, no la voracidad ni la destrucción. Pero uno de los árboles oyó una voz que no era la del monje; en la verde penumbra calurosa de una tarde, algo se había posado y le hablaba, algo que tenía la forma de un pájaro y que otra vez, en otra soledad, tuvo la forma de una serpiente. La voz acabó por apagar el susurro de las hojas, y el árbol sintió un vasto deseo de apresar a los pájaros inocentes y de hacerlos pedazos. Al fin, el tentador lo cubrió con los pájaros del orgullo, con la pompa estelar de los pavos reales. El espíritu de la bestia venció al espíritu del árbol, y éste desgarró y consumió a los pájaros azules, y regresó después a la tranquila tribu de los árboles. Pero dicen que cuando vino la primavera todos los árboles dieron hojas, salvo este que dio plumas que eran estrelladas y azules. Y por esa monstruosa asimilación, el pecado se reveló.

FIN

Decía Kafka que "un libro debe ser el hacha que quiebre el mar helado dentro de nosotros".


sábado, 19 de mayo de 2018

Canción del esposo soldado. Un poema de Miguel Hernández.


Canción del esposo soldado en la voz de Miguel Hernández

He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.

Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.

Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.

Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.

Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado,
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.

Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano.
Y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.

Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.

Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos,
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.

domingo, 13 de mayo de 2018

ENCUENTRO DE TERTULIAS LITERARIAS DIALÓGICAS DE EUSKAL HERRIA, Lekeitio 12 de mayo de 2018

Ayer, alrededor de 180 personas nos justamos en Lekeitio para celebrar el I Encuentro de Tertulias Literarias de Euskal Herria. Fue un día memorable en el que volvimos a a experiementar las buenas vibraciones de anteriores Encuentros. Poco a poco os iré informando. De momento aquí tenéis el poema que la poeta Ainhoa Elordi compuso para dar inicio a la Jornada.


Hoy nos une la lectura,
esa que nos hace libres,
esa que nos ayuda a creer,
creer en las diferentes realidades.

La lectura que acaricia nuestra alma
con suaves destellos de felicidad
ayudándonos a imaginar un mundo con calma
un mundo con la palabra como única arma.

Es la llave que abre la puerta al conocimiento,
quien habla en nuestra conciencia
y arremete contra la intolerancia,
quien valora y protege a quien la abre.

No me rendiré. Ez dut etsiko. I won´t give up,
y venceré

Ganaremos al desconocimiento,
el que aporta la ignorancia
sin importarnos la edad, raza o pensamiento
diferencias que nos ofrecen 
riqueza y democracia.

Defendamos, pues, la lectura
sin caer en la locura,
leyendo o tal vez escribiendo,
abriendo la mente al mundo,
un mundo tolerante guiado por la letras,
letras unidas por reglas 
adecuadas y perfectas.

Espero, pues, que sea mi esperanza
aliento de fuerza
raíz y alimento presente
convirtiéndose así
en el fruto del futuro reciente