viernes, 2 de junio de 2017

El arte de leer ficciones. Un artículo de Alberto Manguel.

Una lejana tarde, hace más de cinco milenios, cierto inspirado antepasado nuestro tomó una invención burocrática —la escritura, empleada hasta entonces para contabilizar mercadería y ganado— y la utilizó para imaginar el mundo en palabras. La invención de historias, que hasta entonces había sido un arte oral, fue liberada así de los límites impuestos por el tiempo y el espacio, y nos permitió aquello que Quevedo llamó la “conversación con los difuntos”. Desde entonces, los lectores gozamos de esa generosidad que nos permite, a través de inspiradas mentiras, conocer (en parte, al menos) la verdad del mundo. Hoy se dictan cursos de ética a través de los dilemas propuestos por "Los hermanos Karamazov" y Madame Bovary, y los fisiólogos nos dicen que los caminos neuronales que nuestro cerebro forja para tomar decisiones morales se aprenden en la infancia leyendo Robinson Crusoe y los libros de Alicia. No sabemos qué pensaban los primeros lectores de sus novelas.

[...] Lo cierto es que, desde siempre, para incitar a los lectores a tomar parte en un juego literario en el que ellos pretenden creer en la mentira y la novela pretende decir la verdad, los autores han inventado un sinnúmero de ardides. Afirmar, por ejemplo, que el texto es un manuscrito perdido, la confesión de un testigo, o las memorias del protagonista; introducir personajes reales, eventos históricos, o mapas y documentos; mentir con la verdad: disfrazarse de ensayo crítico, de crónica verídica, o de informe policial. El proceso es interminable: cada vez que el escritor inventa una nueva trampa, el lector cae en ella, la reconoce y de inmediato exige otra. A esa sucesión de trampas y escapatorias le damos el nombre de literatura.

[...] En tal campo minado ¿cómo saber qué es una novela? Bajo la apariencia de una obra teatral (La Celestina de Rojas), de una abultada correspondencia (Las relaciones peligrosas de Laclos), de un álbum de fotos comentado (Austerlitz de Sebald), de un poema (Eugene Onegin de Pushkin), el mundo ha sido contado y vuelto a contar para nosotros por los novelistas y, con inagotable apetito, los lectores seguimos pidiendo que nos lo cuenten. Somos fieles a las palabras de Juan, y sabemos que en el principio fue (y sigue siendo) el Verbo.

Tres lectores ilustres, tres modos de leer el mundo. Hacer nuestro un texto querido, memorizándolo, para que forme parte de la biblioteca de nuestra memoria; dejarnos aplastar por una historia, para que se vuelva nuestra la emoción y la sabiduría que nos otorga; tener el coraje de decir que un libro nos gusta o no, aunque sea un clásico reconocido, modificándolo según nuestro criterio. Estos son los derechos, y tal vez las obligaciones, de todo lector de novelas.


Fuente:
Alberto Manguel (2012). El arte de leer ficciones. El país: Cultura.

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